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Diario de Viaje 2 – Francisco “Pancho” Flores

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Diario de Viaje 2 - Francisco "Pancho" Flores

La cruz. (Punto final del camino) Se mira en la acequia. (Puntos suspensivos.) Poema "La cruz", en "Seis caprichos", Poema del cante jondo (1921),
Federico García Lorca

Podemos definir la Fe de muchas maneras.  Si nos atenemos a la teología medieval, y en particular a la teología que ha sido central en la enseñanza de la Iglesia de los últimos siglos, deberíamos ir a lo que ha dicho de ella S. Tomás de Aquino: que es una virtud infusa (o sea, dada por Dios), que Dios es su objeto material y formal, que es pensar con consentimiento firme, que es necesaria… o podríamos ir mejor a San Pablo, y decir con él que “la fe es la firme seguridad de las realidades que se esperan, la prueba convincente de lo que no se ve” (Hebreos 11,1). 

Son explicaciones posibles, intentos de intelectualizar la fe.  Con el intelecto analizamos las cosas y las separamos de su contexto para describirlas, las racionalizamos, tratamos de comprenderlas, pero a veces no hay mejor manera de entenderlas que utilizando comparaciones o metáforas.  Sobre todo si hablamos de realidades espirituales.  Y supongo que por eso Jesús hablaba en parábolas y no escribió libros de teología.  Hablando de la Fe, tal vez no exista mejor alegoría que la del camino, o el viaje, o la peregrinación.  ¿Por qué? Porque la Fe siempre nos pone en movimiento: María va a la casa de su prima Isabel a comunicarle la buena noticia; y luego a Belén, embarazada, donde peregrina con José buscando posada; y huye con José y el Niño a Egipto, para volver luego… Toda su vida es un viaje, con un punto cúlmine pero no culminante, de pié junto a la cruz.  El viaje, sin embargo, sigue…  Jesús también viaja con sus discípulos predicando, y peregrina a Jerusalén; y aunque la cruz parezca el punto final del camino, sabemos que su viaje no se detuvo en la roca triste del Gólgota. 

Tal vez alguno podría decirme que la esencia de la vida es moverse, si no en el espacio, al menos en el tiempo, y que eso convierte al viaje en una metáfora aplicable a todo lo que se nos ocurra.  Sería una buena observación.  En este punto sin embargo me gustaría hacer una aclaración, sutil, pero no menor: solo viaja quien sabe a dónde va, los demás solo deambulan; solo peregrina quien espera algo al final del camino… y esa es la esencia de la Fe.  Y es por eso que el viaje o la peregrinación son metáforas apropiadas.  Por otro lado, ningún viaje está exento de vacilaciones, tropiezos, caídas, incluso extravíos… todas cosas que podemos reconocer en nuestro propio camino de la Fe.  Y siempre seguimos adelante pensando en el destino que nos espera, el sentido de nuestro caminar.  Además, no viajamos solos: hay compañeros de viaje, guías, a veces ayudamos, a veces nos ayudan…  y también aquellos que lo transitaron antes que nosotros, y que han dejado su huella como un signo para nuestro caminar.

Pero hay algo fundamental en todo esto que a veces se nos olvida: el Camino mismo.  No creo que sea coincidencia que Jesús, al elegir tres palabras para definirse, haya elegido al “camino” como una de ellas.  Jesús nos propone un camino, no escrito en papeles sino en sus palabras y en su propia vida, y nos invita a recorrerlo.       Las palabras que usa en el llamado a sus discípulos son claras: “ven, sígueme”.  Es la invitación a un viaje.  El viaje fascinante de la Fe.  Y nosotros, que hemos transformado la Fe en un intrincado entramado de fórmulas y ritos, en listas de preceptos y mandamientos que nos aprendemos de memoria como la lista del supermercado, en una especie de “debe-haber” espiritual de lo que hay que hacer y lo que no, peor aún: en tradiciones meramente culturales, en estructuras de poder artificiales, en formas de autoridad verticalistas (de las cuales Cristo no solo no dijo nada, sino que incluso obró en contrario) nosotros, decía, pretendemos que la Fe sea una aceptación intelectual a todo eso, llegamos incluso a exigirlo, y a quien no lo hace lo miramos con recelo; incluso transformamos el camino de la fe en un aprendizaje de toda esa maraña compleja.  Cristo, sin embargo, no pide aceptación de fórmulas o ritos, mucho menos de costumbres o culturas: se ofrece a Él mismo, no pide más aceptación que a sus palabras, a que Él es el enviado del Padre… Él se reserva el perdón de los pecados, el acto misericordioso de Dios para sus fieles; pero el milagro lo obra la fe de las personas: “vete en paz, tu fe te ha salvado” (Ej: Mc 5, 34).  Por favor, ¡que nadie piense que mi intención es desacreditar o anular la enseñanza teológica o filosófica!  Doy clases de eso, y no es mi intención quedarme sin laburo (aunque algún director, en algún instituto, se empecine en eso).  Pero me permito cuestionar la manera en que encerramos la fe en fórmulas y definiciones intelectuales,  y nos olvidamos con frecuencia de la experiencia de Dios en lo cotidiano.

Bueno, toda esta disquisición es, al final, para justificar el nombre de esta columna: el diario de un viaje que no es mera traslación en el espacio, mero tránsito, sino un viaje espiritual, el viaje de la Fe.  A veces hacia dentro, a veces hacia los demás, siempre hacia Dios.  Los prιmeros cristianos llamaban a la conversión “metanoia” ( del griego μετανοιεν ), algo así como cambio de opinión, o literalmente “más allá de la mente”.  Pero una vez escuché la siguiente definición: “revolución del espíritu”.  No recuerdo de dónde ni de quién, pero me encantó.  Hay que pensar la palabra revolución (del latín revolutio ) en su significado más estricto: dar vueltas algo.  Es como algo que miraba hacia un lado y ahora mira hacia otro, como un planeta que giraba cómodamente sobre sí mismo creyéndose el centro, y ahora gira en torno del Centro verdadero.  Una vez más, la Fe sacándonos de nuestra comodidad, y poniéndonos en movimiento. 

Si Dios lo permite, de eso tratará este espacio: los pasos de un camino, los hilos de una trama, las piedras que pisamos para cruzar un río (como me dijo una amiga hace poco), sin pretensión de enseñar nada, solo la intención de compartir esos hitos como regalos de Dios en la humildad de este itinerario.  ¿Lo importante? El Camino.

Qué mejor que acompañar estas líneas con la hermosa oración de Santa Teresita de Lisieux, musicalizada por Luis Alfredo Díaz: «Aquello que le agrada a Dios es verme amar mi pequeñez y pobreza, es la ciega esperanza que tengo en su misericordia» (Lt 197).  En esta ocasión, en la versión que grabamos con él, el Padre Lucas Martín Salcedo y Filocalia, en la Catedral de La Plata, en Enero de 2020.

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